Casi resulta imposible creer, dada la aceptación actual de la sociedad a los trenes, que la aparición del ferrocarril levantó muchas ampollas. El miedo y la ignorancia a lo desconocido, a lo nuevo, hizo que muchas personas temieran a esta enorme máquina metálica y estuvieran especialmente deseosas de prohibirla. En general, las preocupaciones se basaban en tres pilares: Peligros ambientales (las únicas razones medianamente justificadas), sociales y médicos.
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